Mercado de Santo Domingo




Para la práctica de esta semana teníamos que fotografiar a unos juguetes. Como mi infancia, creo, que terminó hace tiempo, pedí los juguetes a mi mejor amigo Alejandro, que como tenía hermanos pequeños me dejó un perro y un oso de peluche.
Puse el carrete y me fui a la ciudadela a fotografiar a ambas mascotas. Empezé sacando una foto, dos, tres, cuatro...hasta que mi imaginación no daba para más y se me ocurría asesinar a los juguetes: colgarles de un árbol, que el perro hiciese sus necesidades en el árbol...pero decidí por un final más romántico ya que mi amigo se negaba a que lo ahorcase y me recordaba que ninguna película de jueguetes acababa así por ejemplo Toy-Story. Intenté aplicar las seis reglas de la fotografía a las fotos, y también una cosa que me gusta mucho en la fotografía que es jugar con el contraluz como aparece en la última fotografía. Lo que quiería era dar una sensación de grandeza a las dos mascotas, por eso las fotografié desde abajo.
Como he dicho al principio mi imaginación no dio para más en esta práctica, lanzé también el oso al aire a la vez que le saqué una foto, lo cual fue muy complicado pero me quedé satisfecho porque más o menos lo logré.
Durante la práctica me sentía observado por la tercera edad de Pamplona, todos los "abuelicos" y "abuelicas" me miraban cómo sacaba las fotografías a los osos, allí estaba yo con mi cámara y allí estaban mirando ellos, seguramente pensando qué estaba haciendo, aunque yo también pensaba lo mismo, ya que la vergüenza que pasé era enorme. Primero había pensado en ir a Yamaguchi, pero pensé que como toda la "UNAV" pasa por allí, sería muchísimo mejor ir a la ciudadela donde habría mucha menos gente, pero no fue así.

La fotografía se puede asociar con la naturaleza, el descanso. Todos tenemos en la memoria alguna imagen que hayamos visto sobre algún tema de la naturaleza. Pues bien, si la naturaleza para mí la naturaleza es descanso, este sitio también lo es.
Nos encontramos en Cizur Menor, una localidad al lado de Pamplona, que en su pequeña cima se encuentra su iglesia. Justo al lado hay una pequeña plaza donde paso muchas horas a lo largo de año. Allí me voy a fumar mis "pitillos" para pensar y poder descansar. Descansar de esos ruidos, de las prácticas, de los exámenes... Desde allí veo otra Pamplona totalmente distinta, donde puedo descansar unos minutos, donde hay agobios. No hay que ir a la universidad, no tengo que soportar borrachos y gente pesada en el trabajo, no hay que ir a Marengo. Todo se ve de otra forma totalmente distinta.
Durante el día somos dueños del tiempo: tengo que ir a clase a las nueve, de diez a once tengo prácticas de no sé qué, de doce a una tengo que ir a relacionarme al faustino con los de Belagua, luego comer, luego tal, luego cual... Desde allí no, el tiempo pasa y no hay nada que hacer, se ve Pamplona más pequeña, como si uno fuese el dueño y la dominase.
Al irse uno la vuelta a Pamplona siempre es igual: control de alcoholemia por parte de la Guardia Civil a la llegada a Pamplona -sino me han hecho soplar a la ida-, ruido... el encanto con que había visto Pamplona, se ha vuelto a perder porque para mañana habrá que hacer algo.
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